Palpa- deo -sin-presión [Daniel Vera]



Se recomienda leer de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, de manera que los signos se hagan ilegibles, a menos que se los reordene y reescriba, intervención retórica de la crítica o intervención crítica de la retórica, porque en idioma llano el amor es inefable y en alguna encriptada lengua lacaniana la relación sexual es imposible: imposible, inefable, ilegible, pero la retórica encierra, y por lo tanto excede (exactamente en una ‘r’), a la erótica, y deja la lengua libre –y las manos y los ojos y el resto del cuerpo– para el habla, un habla compleja, que palpa y lee y oye y traduce –traducción, oh Leiris, es metáfora– en escritura, una escritura en la que el idioma regresa de otro idioma, Japón, las antípodas, chino básico para contestar a Freud a través de Lacan, hablando en lacanés, todo ello trasladado a la fértil vega, límpido anagrama de Vega:¿Qué quiere una mujer?, aunque él no dice anagrama, sino heterónimo, hetero-onoma que se convierte en hetero-nomos para igualarse a heterónomo: un nombre diverso con una ley diversa, o más próximo al caso, el mismo nombre regido por una ley ajena. El autor busca lo que busca todo autor: autonomía, escribir con su propia gramática, aunque en el camino se vuelva ininteligible, es decir, personal, autónomo, tal vez autista, pero solo en apariencia, porque va dejando ristras de rastros, migajas de pan como Hansel y Gretel, una huella de dos para que lleguen a su recóndito sentido a través de sus sentidos evidentes, a veces con voces claras y transparentes pero inoculadas con el virus de la ironía; de ahí no hay más que un paso para avenirse con Foucault, el gran ironista del siglo pasado, pero con la dificultad de que muchos seguidores o discípulos de Foucault están dispuestos al pie de la letra, pese a la hache de parrhesia, a decir la verdad, el poder de la verdad frente a la verdad del poder, curioso ejemplo de ¿identidad de los indiscernibles?, en suma multiplicación de un discurso anti autoritario sin cuestionar ni por un instante la autoridad de Foucault, olvidados de Nietzsche, el ironista del siglo diecinueve: si quieres seguirme, no me sigas; si quieres imitarme no me imites, tal vez acordándose de Hegel cuya Wissenschaft der logik identifica el ser con la nada en la intimidad de Dios, lo que si no es ironía es lo que suelen hacer los intelectuales orgánicos organizados, presumirse protagonistas y voceros de la historia de la verdad del ser, algo así como los llamados intelectuales K, en fin, predicadores, variantes de esos escritores apologéticos cuya finalidad consiste en procurar prosélitos y satanizar a los que no son del palo ni lo quieren ser, por lo cual oscilan entre la persuasión y la persecución, o comienzan haciendo aquello y terminan haciendo esto o haciendo que otros lo hagan: andan con su Suma contra gentiles, predicando la verdad contra herejes, paganos y otros infieles, y es sabido que no lejos de Tomás suele estar Silvestre, resaltando la mayor efectividad de la espada para esas tareas (ecce homo: en mi juventud guiados por una prédica análoga, censurábamos a Lugones por La hora de la espada que contribuyó a cercenar la presidencia de Yrigoyen, pero repetíamos a Mao diciendo que el poder nace del fusil, una diferencia meramente filosófica). La autoría, entiendo y entiendo que Vega lo presiente, va por otro camino y no trata de propagar una antigua religión ni de fundar una nueva, pues con ello inmediatamente se convertiría en heteronomía, atenta a la voluntad de sus ‘maestros’ o de sus ‘discípulos’ y en constante peripecia frente a la ‘doctrina’ y su interpretación ortodoxa. He puesto esas comillas, porque la maestría, como el ser, se dice de muchas maneras, entre ellas, la de grado académico, que puede no ir más allá del reconocimiento institucional y disciplinario (paradoja: abundan las maestrías foucaultianas), pero la mayor oposición –con o sin título– la encuentro entre la maestría de aquel con una habilidad sobresaliente en alguna actividad, por ejemplo: el virtuoso en un arte, y la del pedagogo, el que cumple con llevar a los niños a la escuela, a una escuela por lo general ajena. Cuando sucede que alguien me llama maestro sé que no es por lo primero (soy licenciado y gracias) y quiero creer que es por lo segundo, en procura de ser el mejor ejemplar de uno mismo haciendo esto o aquello, y respecto a lo tercero me gustaría aplicarme la sentencia de Luis Luchi: maestros, no los buscó; discípulos, no le buscaron a él. Ya lo decía Sartre, en estas cosas, el que hace la pregunta ya conoce la respuesta; o sabe que cualquier respuesta conduce inexorablemente a la continuidad de la busca.
Daniel Vera

Córdoba, otoño de 2017